El auge del Pentecostalismo y su influencia política

El "voto de fe" ya ha aterrizado, es disciplinado, identitario y, sobre todo, conservador.

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Juan Chaves
Juan Chaves
Es asesor del grupo de Convocatoria por Asturies.

Cuando la dictadura cayó, con ella se fue buena parte del poder político y moral de la Iglesia; desde entonces, España lleva medio siglo caminando hacia el laicismo. El Estado se apartó del crucifijo, la asignatura obligatoria y las iglesias del lleno de los domingos. Hoy, nominalmente, España sigue siendo un país mayoritariamente católico, pero ya no practicante. La práctica religiosa tal y como la conocieron nuestros padres se ha desplomado, el (nacional) catolicismo, que durante tanto tiempo marcó el rumbo (In)moral del país, se ha convertido ahora en una religión en retroceso, quedan creyentes pero son cada vez menos, envejecidos y sin relevo generacional que cubra el saldo vegetativo de los templos vacíos. El 61 % de los españoles se declara católico, pero solo un 17 % asiste a misa con regularidad

La secularización parecía inevitable, parroquias envejecidas, vocaciones en mínimos históricos y curas rurales que, sobrepasados de años y de parroquias, recorren kilómetros cada día para administrar la hostia diaria al feligrés incombustible.

Pero mientras el catolicismo se diluye, nuevas corrientes han tomado su relevo con fuerza, las iglesias evangélicas y, dentro de ellas, las pentecostales. Las primeras llevan décadas asentadas en España, en buena parte impulsadas por la inmigración latinoamericana y el colectivo gitano. Las segundas son más recientes, pero crecen a un ritmo fulgurante. Aunque todas las confesiones surgidas de la Reforma protestante ( bautistas, metodistas, adventistas o reformadas )  se consideran evangélicas, el pentecostalismo es hoy una vertiente más expansiva que ha encontrado terreno fértil en los barrios populares de las grandes ciudades, no en las iglesias monumentales del centro, sino en las periferias urbanas, en los bajos comerciales, en los polígonos industriales. Allí donde antes había talleres, hoy se levantan escenarios, guitarras y pantallas LED.

Son con diferencia, el grupo religioso con mayor crecimiento en España, muy por encima de los 1.959 centros islámicos y de cualquier otra confesión minoritaria

Los pastores predican, consuelan y redimen, pero también gestionan, negocian y movilizan, porque la iglesia, además de templo, es empresa, y necesita tanto de fieles como de inversores. Lo que ocurre en sus redes de ayuda, en sus economías internas y en sus dinámicas comunitarias no es tan solo espiritualidad, también es gestión del poder, un poder que se organiza, se expande y se adapta con una eficacia que haría sonrojar a más de un ministerio.

El Observatorio del Pluralismo Religioso en España nos da la foto fija, en todo el país existen 8.353 lugares de culto no católicos, y más de la mitad 4.718 templos pertenecen a confesiones evangélicas. Son con diferencia, el grupo religioso con mayor crecimiento en España, muy por encima de los 1.959 centros islámicos y de cualquier otra confesión minoritaria. Cataluña, Andalucía y Madrid en este orden son el epicentro de este fenómeno, el número de templos no católicos en la Comunidad de Madrid asciende a 1.204 la mayoría de ellosevangélicos, un aumento del 60 % en apenas cinco años, mientras los templos católicos permanecen prácticamente inamovibles, con 481 lugares de culto. En distritos como Carabanchel, se concentran decenas de iglesias en pocas calles, hasta el punto de que los vecinos hablan del “polígono evangélico”, convirtiendo al distrito en el territorio con más centros religiosos no católicos de la capital. Asturies, aunque con menor densidad, sigue el mismo patrón. El Principado cuenta con cerca de 95 lugares de culto no católicos, la mayoría evangélicos, distribuidos por Gijón, Oviedo, Avilés y los concejos del área central. Una red que crece lentamente al calor de la inmigración latinoamericana y africana.

La predicadora de la Iglesia de Cristo Viene, Yadira Maestre, junto a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en un acto en Madrid organizado por el Partido Popular en el barrio madrileño de Usera. Foto: Iglesia de Cristo Viene

El auge evangélico y pentecostal tiene un fuerte componente migrante. Muchos de los nuevos fieles provienen de Latinoamérica, donde estas iglesias ya tienen una arraigada tradición, para quienes llegan desde Colombia, Brasil, Venezuela, Ecuador o Perú, el templo evangélico no es solo un espacio espiritual, también es un hogar, una red de apoyo y una comunidad que facilita la estancia en un país extraño

A diferencia del catolicismo español, jerárquico y distante, las iglesias evangélicas son horizontales y participativas y carecen de la pompa con que el catolicismo buscó siempre imponerse, sin  retablos, sin estatuas y sin la solemnidad litúrgica, aquí, el protagonismo no lo tiene el altar, sino el rebaño, y en especial el pastor, una figura más próxima a un presentador de reality que al cura de sotana que todos conocemos. Cada congregación funciona como una microcomunidad que ofrece alimentos, orientación laboral, acompañamiento emocional…, no solo predican, también aconsejan, median y tejen vínculos. 

Teresa Mallada y Alfredo Canteli en un congreso evangélico.

Esa combinación de fe y asistencia práctica les otorga una legitimidad inmediata allí donde el Estado o la administración no llegan, en barrios donde el desconocimiento institucional y la burocracia dejan vacíos que la comunidad religiosa ocupa. 

En Estados Unidos, este modelo ya ha transformado la política. Todos hemos visto las imágenes de Donald Trump en la Casa Blanca, rodeado de su entorno íntimo, con las manos extendidas sobre él en círculos de oración, los ojos cerrados y el rostro compungido, adoptando la estética de un ungido o un líder religioso más que la de un mandatario civil. 

Y eso lo han conseguido décadas de implantación silenciosa que han convertido a la religión en una maquinaria electoral, una red de influencia que sostiene al conservadurismo y da una vuelta de tuerca a la influencia religiosa en el país que mejor había entendido la separación entre religión y estado. En América Latina, los pastores saltaron directamente a la política, predicadores que se transformaron en diputados, en ministros o incluso en presidentes.

España no volverá a ser católica, pero tampoco será del todo laica

España aún no está en ese punto, pero los ingredientes son los mismos,  una red de comunidades cohesionadas, liderazgo local, fuerte identidad moral y presencia creciente en los barrios populares. Cuando una fe de base transmuta en estructura social, el salto hacia la influencia política es cuestión de tiempo. Y las señales ya están ahí. Isabel Díaz Ayuso, otrora liberal y partidaria del aborto libre, se exhibe ahora como una madonna tradicional, abanderada del “si quieren abortar, que no sea aquí” intentando atraer a su propia fe, la avalancha de inmigración latina que ha ido llegando a Madrid en los últimos años.

El “voto de fe” ya ha aterrizado, es disciplinado, identitario y, sobre todo, conservador. La derecha, siempre pragmática, ya sabe cómo reconciliar su voracidad por alcanzar el poder con la oportunidad política que representa esta nueva fuerza de base.

España no volverá a ser católica, pero tampoco será del todo laica, los cambios sociales y demográficos están configurando una realidad que ya no se puede ignorar, una parte del espectro ideológico ha puesto sus ojos en ella y se prepara para capitalizarla. La comunidad evangélica, aún dispersa pero en expansión, acabará influyendo más pronto que tarde en los programas y estrategias de los partidos. La ola reaccionaria tendrá que resolver su propia contradicción, cómo reconciliar su xenofobia y aversión al inmigrante con la oportunidad política que representa esa nueva fuerza de base, más cercana a sus valores morales que a los de la izquierda, pero no tengamos dudas de que lo hará, la derecha es pragmática, y el potencial político desequilibrante enorme.

Aviso para navegantes despistados, no se trata de demonizar a las comunidades religiosas que florecen en nuestros barrios, sino de advertir sobre la instrumentalización política de su fe. Hay partidos que hace tiempo perdieron su brújula moral y no tienen reparos en buscar en la religión lo que no encuentran en las urnas 

Preparémonos para ver cómo esa influencia nos trae a líderes políticos asistiendo a cultos multitudinarios, orando junto a pastores que prometen salvación y orden, partidos cortejando a comunidades religiosas organizadas y movilizadas, mensajes morales filtrándose en los debates públicos bajo un nuevo envoltorio espiritual. Podríamos estar ante una reedición del nacionalcatolicismo en versión pop cristiano, discursos políticos desde el púlpito antes que desde el escaño, y la sacristía convertida en sustituto de la plaza pública.

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