Konstantinos Argyriou es doctor en Estudios Interdisciplinares de Género por la Universidad Autónoma de Madrid y actualmente profesor Ayudante Doctor en el Departamento de Psicología Social de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Autor del libro “Los pánicos morales de género. Las personas trans como chivo expiatorio” (Bellaterra, Barcelona, 2025) estuvo en Les Cigarreres de Xixón para presentar el libro con AMA Asturies.
¿De qué hablamos cuando hablamos de “pánicos morales”?
Es un término que empleó por primera vez Stanley Cohen en 1972, pero que en los últimos años, sobre todo a raíz de la ley trans, se ha popularizado mucho para describir todos esos discursos reaccionarios que intentan remover a la sociedad para generar rechazo hacia lo diferente y, en particular, hacia lo que examino en el libro: las personas trans.
La ley trans es una de esas leyes de las que se discute mucho antes de que entren en vigor, pero que una vez entran en vigor se normalizan muy pronto
Sí. También ha pasado en muchos otros contextos. Por ejemplo, en Grecia, que es otro de los ejemplos que utilizo en el libro. En 2017 se propuso una ley de reconocimiento legal de la identidad de género y pasó algo parecido a lo que ocurrió aquí. Se llegaron a decir cosas verdaderamente absurdas que hoy están muy superadas.
Una novedad en la discusión sobre la cuestión trans en España es que el rechazo no ha venido principalmente por parte de la derecha, sino más bien por sectores del feminismo. ¿Qué le diría, por ejemplo, a gente que habla del “borrado de las mujeres”?
Considero que ese no es el debate. Si hay un colectivo que corre el riesgo de ser borrado en este debate son precisamente las personas trans. El problema no es quién se borra más. Volvemos otra vez a la cuestión de los privilegios. Había adquisiciones legales o institucionales que, al abrirse también a otros colectivos —en este caso miembros del colectivo LGTBI—, han generado reticencias en sectores esencialistas del feminismo que sienten que se les está quitando algo que ya habían conseguido. Creo que ahí está buena parte del conflicto. Parte del rechazo hacia las mujeres trans se basa en caricaturas muy simplistas —como llamarlas “hombres con vestido”— que no tienen nada que ver con la realidad. Una cosa que sabemos es que, si no tienes a una persona trans en tu círculo cercano, tiendes a deshumanizarla mucho más.
¿Existe también un esencialismo trans?
Desde luego. Lo podemos ver en figuras como Caitlyn Jenner, que desde su transición —además en edad avanzada— ha adoptado un discurso muy reaccionario, incluso abiertamente trumpista. Es una figura muy cuestionada, tanto por su propia transición como por su posición de privilegio y poder.
¿Has recibido críticas por meterte en este campo por sectores del movimiento trans?
No abiertamente por el movimiento trans. Considero que soy cercano a esas causas. Pero sí aparece una reflexión: por qué una persona cis vuelve a ocupar ese espacio para hablar de algo que, en principio, no sería su lugar. Ante esa crítica intento explicar mis propias intersecciones: soy migrante, pertenezco al colectivo, me leo como queer y he recibido mucha violencia por ello. Además, mi intención no es tanto hablar sobre la comunidad trans como girar la mirada hacia la comunidad cis, hacia el imaginario dominante. Preguntarnos por qué estamos generando pánicos que perjudican a colectivos con los que muchas veces, muchas capas de la sociedad ni siquiera tienen contacto en ningún momento.
¿Cómo crees que se va a vivir el género en las próximas generaciones?
Desde mi posición como investigador en ciencias sociales te diría que mi tendencia es analizar el presente más que predecir el futuro. Pero mi sensación hace tres años —cuando concebí el libro— era mucho más optimista: pensaba que se iba a vivir con más fluidez, con más capacidad de autodefinirse. Ahora, con todo lo que está pasando a nivel global —sobre todo después de la segunda administración de Trump y el auge de discursos reaccionarios—, soy bastante más pesimista. Incluso con toda la visibilidad que se había adquirido parece que estamos yendo en dirección contraria. Soy bastante pesimista, salvo que desde la sociedad cis se generen barreras contra esa ola reaccionaria.

¿Qué cosas cree que están pendientes?
A nivel institucional diría que todavía falta reconocimiento y legitimación con un respaldo persistente. Aún se sigue cuestionando a las personas trans incluso cuando quieren cambiar sus documentos o su DNI. También tengo la sensación de que, después de todo el ruido mediático que hubo con la ley trans, la mayoría de la sociedad no llegó a aprender realmente nada sobre el tema. Incluso gente interesada en estos debates no sabe bien quiénes son las personas trans. No quiero parecer un academicista que usa jerga complicada —que también es un problema nuestro—, pero creo que hay una falta de conocimiento muy grande.
“El trauma de la crisis de 2008-2010 se expresó en la derecha griega en formas muy físicas y muy violentas”
¿Qué hace falta para normalizar?
Creo que el problema no es tanto “normalizar”. A mí esa palabra no me gusta mucho. No hay nada que normalizar en sentido estricto. Lo que hay que hacer es generar marcos donde la gente pueda ser quien es sin tener que justificarse continuamente ni sentir que su existencia necesita explicación.
La ficción también cumple un papel importante. Por ejemplo, la aparición de referentes trans como Abril Zamora.
Sí, claro. Tiene mucho impacto. Pero también hay un riesgo de institucionalizar demasiado el debate. No se trata solo de que personas trans interpreten personajes trans, sino también de romper esas barreras y que una persona trans pueda interpretar a un personaje cis y viceversa, para no volver a caer en esencialismos. También hay que pensar en personas trans mayores. Muchas están haciendo su transición con 70 u 80 años y no tienen referentes, porque sus vidas han sido muy precarias y muchas ni siquiera han podido sobrevivir en condiciones dignas.
Grecia fue pionera en el fenómeno de la nueva extrema derecha, pero también en su hundimiento
Sí. De hecho hace poco se confirmó la condena definitiva a los miembros de Amanecer Dorado y muchos de ellos van a pasar prácticamente el resto de su vida en la cárcel. En todo caso,hay un concepto en la mitología griega, la Hidra de Lerna, le cortas una cabeza y aparecen varias más, y algo parecido pasó aquí. Cuando Amanecer Dorado desapareció surgieron otros partidos de ultraderecha que ahora están en el parlamento: Solución Griega, Niki y Espartanos. Espartanos es quizá el más cercano ideológicamente a Amanecer Dorado y también el más violento, aunque hace pocos meses también se disolvieron.

¿A qué crees que se debió el derrumbe de Amanecer Dorado?
Es difícil dar una respuesta simple. Pero creo que en 2019 Nueva Democracia consiguió aglutinar a parte de ese electorado. También hubo gente que había votado a Amanecer Dorado como forma de protesta durante la crisis, pero que en realidad no estaba dispuesta a llegar tan lejos. Amanecer Dorado expresaba una violencia social muy fuerte. El trauma de la crisis de 2008-2010 se expresó en la derecha en formas muy físicas y muy violentas, muy poco articuladas. Ahora ese debate se ha “civilizado” un poco.
¿Cómo ha evolucionado la integración de la población migrante en Grecia?
Hace treinta años llegó mucha gente de Albania y de países de la antigua Unión Soviética. En su caso influyó mucho que fueran blancos, aunque con los albaneses también existía el prejuicio de que muchos eran musulmanes. En muchos casos no hubo integración. Lo que se hacía era darles permisos de residencia y cambiarles los nombres para que parecieran griegos. Les hacían pasar socialmente por griegos para poder seguir explotando su trabajo. Ahora estamos viendo un reconocimiento tardío de esa comunidad. Pero al mismo tiempo aparecen nuevos “otros”, nuevas poblaciones migrantes racializadas que se convierten en el nuevo enemigo. Curiosamente, los turcos también son musulmanes, pero no se les percibe exactamente igual. Ahí interviene una mezcla de miedo histórico y rivalidad nacional.
Quería preguntarte también por el peso de la Iglesia Ortodoxa en la sociedad griega.
La Iglesia Ortodoxa tuvo un papel muy activo en el rechazo al reconocimiento legal de la identidad de género. Llegó incluso al Parlamento para oponerse a la autodeterminación de género, argumentando que rompía con la familia tradicional. Además existe una relación muy fuerte entre redes eclesiásticas, política y sociedad. Los griegos no son especialmente creyentes, pero sí muy ritualistas. Van a misa, celebran Pascua, siguen tradiciones. Somos una sociedad muy ritualizada.
¿Existe algo parecido a corrientes progresistas dentro de la Iglesia Ortodoxa, como ocurrió en el catolicismo con el Vaticano II o la teología de la liberación?
No, la Iglesia Ortodoxa es bastante monolítica. Un ejemplo muy claro es el Monte Athos, una zona autónoma dentro de Grecia donde las mujeres ni siquiera pueden entrar. Es un espacio con una autonomía enorme y representa la parte más conservadora del entorno eclesiástico.
Durante los años de la crisis se siguió con mucho interés a Syriza. ¿Cuál es la situación ahora de la izquierda griega?
Seguimos bastante fragmentados. Syriza perdió su posición como principal fuerza de oposición y ahora es el tercer partido. El PASOK ha recuperado el segundo puesto, pero ninguno parece capaz de desafiar el poder de Nueva Democracia. Alexis Tsipras está intentando reorganizar el espacio político y ha publicado un libro, Ítaca, que tuvo bastante éxito, pero no ha generado el movimiento social que esperaba. Está pensando en crear un nuevo partido de cara a las elecciones de 2027, pero por ahora no tiene encuestas muy positivas. Hay una sensación de saturación de la izquierda. Pero, por otro lado, parte de la izquierda también siente desconfianza frente a las políticas identitarias —lo vimos con el #MeToo o con el reconocimiento legal de las personas trans— con las que no se puede identificar porque se supone que no tienen que ver con temas de clase.
































