“Para levantar la desafección de la izquierda hace falta un poco más de punch”

Con motivo de la presentación en Oviedo de su nuevo libro, Alberto Garzón desgrana sus principales tesis y ofrece un diagnóstico sobre el estado actual del espacio político progresista

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David Sánchez Piñeiro
David Sánchez Piñeiro
Doctor en Investigaciones Humanísticas por la Universidad de Oviedo/Uviéu. Ha colaborado con medios como La Trivial, Atlántica XXII y El Salto.

Tras haber sido uno de los protagonistas de la política española durante la última década y tras haber acumulado cinco legislaturas como diputado (2011-2023), más de siete años como coordinador federal de Izquierda Unida (2016-2023) y casi cuatro años como Ministro de Consumo en el gobierno de coalición progresista (2020-2023), Alberto Garzón ha dejado la política institucional y se encuentra inmerso en una gira de presentaciones de su nuevo libro, La lucha por la energía. Poder, imperios y crisis ecológica (Península). Aprovechando su participación el pasado viernes en “La sacavera”, el ciclo de charlas co-organizado por Nortes y la Sociedad Asturiana de Filosofía, un Alberto Garzón ya más liberado de condicionamientos partidistas y mediáticos concedió esta entrevista en la que aborda temas como el rol histórico y presente de la energía, la centralidad política del ecologismo, el significado de la revolución industrial, su gestión como Ministro de Consumo, el futuro de la izquierda sin Yolanda Díaz o los recientes bombardeos de Estados Unidos e Israel contra Irán.

En el libro haces un recorrido por las diferentes etapas de la historia de la humanidad con la energía como hilo conductor. ¿Por qué es tan importante la energía?

El libro tiene como propósito ser una caja de herramientas para intentar entender los fenómenos contemporáneos. Para mí era fundamental que se entendiera que estamos viviendo en una burbuja, en una anomalía histórica. El tiempo de los combustibles fósiles como fuente de energía dominante tiene 250 años. Desde el punto de vista de la historia de la humanidad es un suspiro. Esa anomalía histórica del uso de combustibles fósiles es una caja de Pandora. Nos ha permitido mejorar nuestro bienestar material, entre otras cosas, porque tenemos a nuestra disposición un ejército de “esclavos energéticos”, de máquinas que están a nuestro servicio, pero igual que los esclavos necesitaban alimentación, estas máquinas necesitan combustibles, fundamentalmente fósiles. El vector de la energía te permite enfocar los problemas contemporáneos, siendo el más urgente el cambio climático, desde una perspectiva distinta a la que estamos acostumbrados.

Este es el primer libro que le dedicas íntegramente a la cuestión ecológica. ¿Cómo has llegado a concederle esta centralidad y por qué te parece tan importante?

Tiene mucho de biografía personal. Soy de una generación que, afortunadamente, ya se educó y se formó con asignaturas de ecología, pero no lo integrábamos de una manera transversal. Yo tenía una asignatura de “Economía de Rusia”, otra de “Economía de Asia” y otra de “Economía Ecológica”. Era una especialización para quien quisiese hacerla, no se veía como una columna vertebral, Para mí era algo periférico. En mi vida política, por ejemplo, no era capaz de comprenderlo porque me faltaba una reflexión. Esa reflexión ha ido deviniendo con el tiempo hasta darme cuenta de que no es posible construir una sociedad justa sin estar dentro de los límites del planeta, no por una cuestión de orden moral, sino porque no es posible materialmente. En el libro introduzco el tema ecológico como elemento central, pero no dejo de incorporar también elementos más tradicionales como pueden ser el imperialismo, el colonialismo, el cuestionamiento de la economía contemporánea o el conflicto capital-trabajo. Todo eso está, pero subordinado a algo más importante, que es entendernos como parte de un Sistema Tierra. La economía no es una esfera independiente, sino que es parte del Sistema Tierra y está sujeta a límites. Transgredir esos límites tiene costes. Cuando transgredes los límites de las emisiones de CO2 que puede absorber la atmósfera, tienes el cambio climático. Ha sido un placer escribir el libro, he tratado de hilar diferentes narrativas, darles una coherencia y ofrecer un relato conjunto. Es un libro multidisciplinar: física, biología, antropología, historia económica, ecología… Es verdad que tiene un punto ambicioso, aunque el borrador lo era todavía más, porque empezaba con el Big Bang. La editorial, con buen criterio, me dijo que tampoco era necesario remontarse tan atrás.

Alberto Garzón. Foto: David Aguilar Sánchez

Afirmas que la teoría económica marxista, de la que tú en alguna medida provienes, era ajena a la problemática ecologista. ¿Se pueden conciliar estas dos miradas sobre la realidad o un ecologismo consecuente debe ir más allá del marxismo?

Las teorías son instrumentos, tienen que ser capaces de representar la sociedad que quieren representar y muchas veces no lo consiguen. En ese sentido no creo que haya que ser sectario. Marx es una persona que podemos identificar dentro de la economía política clásica. La economía política clásica empezó, según diría un manual de economía, con Adam Smith y se empezó a construir en un tiempo en el que todavía no se había formulado de manera definitiva la ley de la termodinámica. Su base de pensamiento se consolidó de espaldas a los hallazgos de la ciencia natural, como era la física. Es obvio que Marx, que era un atento lector de cuestiones de física y de biología, no tenía a disposición el conocimiento que hoy existe. Lo que era excusable para la economía política clásica, incluso para Marx, no es excusable hoy en día, que tienes a economistas convencionales que han heredado esa forma de pensar y que siguen sin hacer caso a los recursos naturales o a la naturaleza. Marx era una persona de su tiempo. Sus opiniones iniciales sobre la India y la destrucción de lo aborigen entendida como progreso o sobre el colonialismo después las fue corrigiendo. En los últimos años también revisó su visión lineal de la historia. Empezó a ser más atraído por la experiencia de los populistas rusos… También tuvo una incorporación mayor de la parte del metabolismo. Algunos marxistas han intentado ver que eso es central para entender a Marx. A mí me parece que es un salto demasiado grande. Marx tuvo al final unos apuntes muy lúcidos que podemos aprovechar, pero no fueron el núcleo de su obra. El núcleo de su obra llevaba los lastres que llevaba la economía política clásica.

Dedicas una parte del libro a la revolución industrial, muy vinculada con los orígenes del capitalismo. Propones una lectura alejada de algunas visiones académicas mainstream que sistemáticamente olvidan dos elementos centrales sin los cuales no se puede entender la revolución industrial: los combustibles fósiles y el colonialismo.

En la economía convencional, tal y como se explica en las facultades de economía o en los libros estándar de historia económica, la revolución industrial, que es un fenómeno fundamental, parece el resultado de mentes brillantes que construyeron máquinas estupendas. Le han dado el premio Nobel precisamente a Joel Mokyr por hacer un libro básicamente diciendo eso: la importancia de las ideas, de la gente que tuvo inventiva, de las instituciones, del capital humano… Esa narrativa ignora deliberadamente, en primer lugar, el papel de los combustibles fósiles, fundamentales para que ese tipo de máquinas pudieran funcionar. En segundo lugar hay algo quizás todavía más sorprendente, porque los que estaban viviendo la revolución industrial eran conscientes de ello: las redes coloniales facilitaron una importación de productos muy baratos porque se producían en condiciones de esclavitud. Yo lo cuento de manera provocadora en las charlas porque creo que es útil. Es imposible entender que, pese a la ultraexplotación de los trabajadores que describía Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra (obreros sometidos a condiciones extremas y obligados a manejar máquinas diseñadas específicamente para el trabajo infantil), esos mismos trabajadores pudieran acceder a prendas de vestir relativamente más baratas, porque se producían con materias primas obtenidas bajo regímenes de esclavitud.

El concepto de “acre fantasma” es fundamental para entender que hay una utilización de las redes coloniales para importar espacios de tierra. La madera o el algodón que consumía el Reino Unido hubiesen sido imposibles de producir a partir de bosques o cultivos de algodón localizados en el propio Reino Unido. En el Reino Unido en particular el sector textil fue fundamental y el propio algodón fue una materia crítica para la revolución industrial. Las calorías eran más baratas para los trabajadores ingleses porque el azúcar también se producía en plantaciones esclavistas. Esa capacidad de entender que la revolución industrial necesitaba esos requisitos de combustibles fósiles y un sistema colonial es una lectura totalmente distinta a la que estamos acostumbrados, según la cual la revolución industrial ocurrió en Europa porque había gente más lista. Esta simplificación es la que hoy en día conforma el sentido común. Cuando le das la vuelta surgen preguntas muy incómodas que yo creo que son importantes. ¿Por qué la gente en Occidente viste tan barato? ¿Por qué puedes con 10 euros tener una equipación, una indumentaria de una persona de clase trabajadora en el Primark? El libro tampoco cae en la noción de ver solo el mundo desde la óptica ecologista, entendida como una cuestión técnica de energías renovables frente a combustibles fósiles. Queremos una sociedad que viva dentro de los límites del planeta, pero que tampoco explote a otras partes del mundo. Eso nos introduce en una narrativa más amplia, pero que nos obliga a repensar incluso el lugar de la Unión Europea en el sistema internacional del trabajo.

En una charla reciente apelabas incluso a la necesidad de “revertir la revolución industrial”, en la medida en que ese mundo sigue siendo el nuestro. ¿Cómo se traduce políticamente este diagnóstico? ¿Cómo se puede afrontar este reto desde la perspectiva de una fuerza progresista?

Hay un punto del diagnóstico que es central. Las fuentes de energía de combustibles fósiles tienen una densidad energética brutal. Eso ha sido clave. Hasta la revolución industrial, en todas las sociedades preindustriales, que es casi toda la historia de la humanidad, toda la energía dependía directamente del sol. Vivían bajo lo que se llamaba la trampa malthusiana, porque todo lo que necesitaban para vivir lo producía el suelo: madera para combustible, madera para casas, madera para barcos, suelo para cultivo… El suelo estaba sumamente cotizado y había que elegir entre sus usos, porque si querías más cultivo para animales, tenías que quitárselo al bosque o al cultivo para humanos. Al final tenías que elegir y eso introducía unos límites al crecimiento preindustrial. El truco está en que cuando encuentras debajo del suelo “bosques subterráneos”, que es un concepto muy potente, ya puedes liberar la parte de arriba. Y encima, si ese combustible fósil te permite incrementar la fertilidad de la tierra, sales de la trampa. La clave está en que es una anomalía histórica. El punto es que las energías renovables, incluso las de nueva generación, tienen menos densidad energética, ofrecen menos rendimientos. Eso te obliga a repensarlo todo. Incluso algo que está muy presente en el debate contemporáneo, que los parques fotovoltaicos y los parques eólicos también compiten por los usos del suelo. Afortunadamente ya está el offshore para ponerlos en el mar o incluso las iniciativas pioneras de China para tener parques fotovoltaicos y cultivos debajo e incluso reverdecer con la sombra zonas que parecían imposibles. Hay mucha innovación muy interesante.

El ecologismo está atrapado en este tema y hay una corriente que dice que no es posible hacer una transición energética. Por lo tanto, cuando se acaben los combustibles fósiles, volvemos a los parámetros de las sociedades agrarias tradicionales. Eso tiene una impronta muy anarquista, ruralista, que se vende sobre todo desde la izquierda, aunque también desde la extrema derecha hay visiones nostálgicas de un mundo más jerárquico. A mí me parece que esos parámetros de las sociedades agrarias no son deseables. Hay un repaso en el libro de cómo eran las sociedades agrarias. Con las energías renovables tradicionales, tú no puedes tener 8 mil millones de personas en el mundo. Eso es un problema muy serio. No tienes para darle de comer a 8 mil millones de personas en el mundo. El modelo para mí es transición energética más decrecimiento. Si hacemos sólo una transición energética estamos cayendo en la quimera del crecimiento verde. Si intentas cambiar la base energética de combustible fósil por energía renovable, pero sigues en la rueda del consumismo y del crecimiento económico ilimitado, al final estás dentro del mismo problema. Es técnicamente imposible. Si sólo haces decrecimiento, sin transición energética, es volver a los parámetros de la sociedad agraria.

La virtud está en aprovechar que hemos vivido una anomalía histórica, aprovechar esos réditos que hay para ese desarrollo de tecnología renovable de nueva generación (eólica, fotovoltaica) que nos de un soporte para mantenernos en un bienestar muy decente dentro de los límites del planeta. No se trata de hablar en abstracto de cambiar los estilos de vida. La mayoría de la clase trabajadora del mundo mejorará sus condiciones de vida. Para empezar, la inmensa mayoría de la población vive en países de lo que llamamos Tercer Mundo. El 70% de la población vive bajo regímenes dictatoriales. El modelo occidental es una burbuja. Lo que pasa en sanidad, en educación y en otros sectores muy bajos de consumo energético puedes sostenerlo dentro de los límites del planeta, pero otros no. No se trata de que todos cambiemos el estilo de vida, sino que hay que decir que unas cosas suben y otras bajan, unas cosas crecen y otras decrecen. El titular del decrecimiento es muy difícil de vender políticamente. Y aparte no es exacto, porque los propios defensores del decrecimiento proponen más sanidad, educación y vivienda pública. Pensar el bienestar material dentro de los límites del planeta, pero un bienestar que no lo decida el mercado, sino que se decide colectivamente, es saltar de paradigma.

Un cambio antropológico, en cierta manera.

Absolutamente. Todo lo que está a nuestro alrededor se ha construido pensando que este modelo de producción y consumo basado en combustibles fósiles iba a durar para siempre. Yo siempre pongo de ejemplo la geografía urbana, que se ha pensado como si el vehículo privado fuera a ser el vehículo de transporte para toda la eternidad. No lo puede ser con motores de combustión interna, con combustibles fósiles, pero tampoco puedes sustituir todos los vehículos de combustión interna por vehículos eléctricos. Es imposible, por el consumo de materiales, de minerales críticos y de energía que implica esa transición. Para mí el ecosocialismo se concreta más o menos en ese tipo de perspectiva: el esfuerzo en hacer la transición ecológica lo más rápido posible, pero al mismo tiempo combinarla con decrecimiento.

Desde estos parámetros ecologistas, ¿de qué manera afrontaste tu gestión en el Ministerio de Consumo y cuáles crees que fueron los principales logros del mandato?

Era un Ministerio que nació de las condiciones de gobierno del 2019, es decir, donde el espacio de Unidas Podemos era claramente minoría. Con esa correlación de fuerzas es más difícil conseguir lo que quieres. Después, Izquierda Unida y lo que yo representaba era minoría dentro de ese espacio. Tienes un ministerio con muy poco presupuesto, con muy poca capacidad normativa. De hecho, [Pablo] Bustinduy, que es un ministro maravilloso, está pudiendo ahora desarrollar sanciones a las grandes empresas porque nosotros aprobamos una normativa que tardamos tres años en hacerla. Antes el Estado no podía poner multas ni sanciones a las grandes empresas, así de sencillo. Le correspondía a la comunidad autónoma y si había una operación que tenía implicaciones en dos comunidades autónomas, todo el mundo se desentendía. Dotar de competencias al Estado para hacer eso nos costó tres años. En esas condiciones tan difíciles de incidencia política hicimos muchas normativas, pero que lo que a mí me interesaba, en la línea del libro, era tratar de romper esquemas mentales. Y creo, humildemente, que se consiguió. Es el caso famoso del chuletón y la carne. Mi interés fundamental era algo que Naomi Klein llama “zonas grises de la economía”. Cuando vamos a comprar algo solo vemos el precio y el producto en sí. Las relaciones laborales, sociales y ecológicas que hay detrás están invisibilizadas. No vemos nada. En nuestra vida cotidiana es imposible. Yo voy a hacer la compra con mis tres niñas y no me voy a poner a reflexionar ni a filosofar sobre el acto de consumo. Es comprensible. Pero si te detienes un momento a ver que entre un producto y otro hay relaciones distintas, que se pueden manifestar o no en el precio, ahí estás ya haciendo una crítica sistémica. En muchos casos, como la polémica del chuletón, el propio concepto de macrogranja era ampliamente desconocido hasta la polémica. La gente empezó a ver que hay dos formas de tener carne encima de la mesa. Hay una forma de ganadería extensiva, donde las vacas tienen un impacto ecológico mucho más reducido porque consumen en el terreno, porque son ganaderías familiares, tradicionales y se insertan en el ecosistema de una manera más natural. Y luego hay un modelo de capitalismo intensivo a muerte, donde las encierran en jaulas y para poder alimentarlas tienes que traer pienso desde Brasil, que a su vez deforesta los bosques. Cuando visibilizas ese tipo de relaciones a mucha gente le hace click. Ocurre con la carne y con todo lo demás. Eso no implica que la solución sea individual, implica simplemente que aprendes que el sistema está montado como está montado y a partir de ahí cada uno toma la decisión política que quiera.

Yolanda Díaz acaba de anunciar que no repetirá como candidata en las próximas elecciones generales. ¿Cómo analizas la situación y cuáles crees que son las perspectivas de futuro de ese espacio político que en el libro defines como “izquierda radical”?

A mí me gusta “izquierda radical”, no le tengo miedo al concepto. Es una palabra que dice que hay que ir a la raíz de los problemas y me parece que encaja dentro de la descripción de lo que se pretende. Hay gente que dice que la izquierda está en crisis. Honestamente, desde mi perspectiva, el espacio político está en crisis desde 2016. En 2016 había un proceso de acumulación de fuerzas que tenía un objetivo, el sorpasso, poder gobernar el país como [Alexis] Tsipras había hecho en Grecia y hacerlo con una economía más potente. Eso no se consigue. Ahí cuentas con Anticapitalistas, con la corriente errejonista de Podemos, con la corriente de Pablo Iglesias, con Izquierda Unida, con los Comunes, con Compromís, con todo lo que a partir de ese momento se fue desgajando. Tienes una derrota y no cumples las expectativas, pero llegas por encima del 20% del voto. Hoy estamos en el 10%. Desde ese momento, en 2017 o 2018, se está produciendo un desgaste progresivo. ¿Cuáles son las causas de ese desgaste? Hay múltiples factores. Tienes errores propios, tienes las cloacas del Estado, tienes un cambio de agenda política, dejas de hablar de temas sociales y empiezas a hablar de la cuestión nacionalista en Cataluña. Tienes múltiples factores que van acompañando un desgaste del espacio electoral. Se empieza a desgajar la izquierda, se sale Anticapi, se sale el errejonismo y forma Más Madrid, se sale Compromís… Empiezas a tener un problema muy progresivo. Cuando llega 2021, cuando se va Pablo Iglesias, el espacio está en el 10-12%, a la mitad de lo que había estado en 2016. Yolanda [Díaz] monta Sumar como un intento de recuperar ese espacio, de recuperar todo lo que se había ido fragmentando a nivel orgánico y sociológico: recuperar a Más Madrid, recuperar a Compromís, recuperar a toda esa gente que estaba en 2016, recuperar diez puntos porcentuales que se han ido en las encuestas…

Ese intento de recomposición liderado por Yolanda Díaz da un primer paso exitoso con la reedición del gobierno de coalición tras las elecciones generales de 2023. 

Por lo menos podríamos decir que consiguió su objetivo electoral, que era que todos fueran juntos. Lo que pasa es que fue a un alto coste, porque se consiguió en unas condiciones en las que había algunos, particularmente Podemos, que no estaban contentos. Eso duró lo que duró. Conseguiste la unidad electoral, arrancas un 12% del voto, por lo tanto frenas un poco la sangría, pero sigues muy lejos, por mil razones, del escenario que habías ocupado. A partir de ese momento se vuelve a disgregar esa izquierda. Lo que tenemos son los ecos de ese resultado. No estamos ante la crisis de Sumar, ni ante la crisis de Yolanda. Esto es una crisis que venía de antes y que Yolanda intentó resolver. La resolvió para el nivel electoral. Ahora muchas voces compartimos la idea de que la unidad puede que no sea la solución, pero sin la unidad electoral le haces un regalo brutal a la derecha y a la extrema derecha, por efecto de la ley electoral. La unidad se presenta como un requisito necesario, pero no suficiente. Hay que hacer más cosas. Pero ya solo para ese requisito necesario tienes que armar un buen jaleo. Yolanda cuadró el círculo con muchas dificultades y muchos costes que se vieron inmediatamente después. Pero ¿cómo cuadras el círculo ahora? Ahora hay todavía más espacio fuera. Además, a diferencia del 2016, que ibas al alza, ahora vas a la baja con una ola reaccionaria. Lo que suele ocurrir, por experiencia de dirigente de partido político, es que cuando vienen mal dadas los partidos suelen refugiarse en una visión conservadora, institucional y corporativa. Suelen estar menos abiertos a sacrificios, a innovaciones, a creatividad y es justo eso lo que necesitas ahora. Lo que necesitas ahora es encontrar una fórmula que permita a todos estar cómodos, que todos se sientan ganadores y beneficiarios de ese proceso. Si nos salimos de la política electoral, el problema sociológico no es que España se haya hecho de derechas o de extrema derecha. El votante de derecha se ha radicalizado. Pero lo que ha pasado es que hay una izquierda profundamente desafecta, profundamente agotada de este ciclo que estoy describiendo. A pesar de que es una izquierda que inspira en Europa, por ejemplo, frente a lo que está pasando en el mundo. Todo el mundo mira a España diciendo “hostia, allá hay luz”. Pero a pesar de eso, si la gente que vive aquí no lo nota en su día a día, si la mayor parte del sueldo se te sigue yendo en la hipoteca o en el alquiler, con un gobierno de izquierdas que es el tuyo, y no ves que eso vaya a cambiar, a lo mejor dejas de estar tan motivado como para ir a votarle la próxima vez.

¿Qué se le puede ofrecer al electorado progresista, más allá de la unidad, para sacarle de ese estado de desmotivación?

Lo que tienes que hacer es dar todas las batallas políticas, aunque las pierdas. Una de las experiencias que yo he tenido en el gobierno es que había mucha autocensura. “Yo no saco esto porque me lo frena el PSOE”. Antes de haber perdido y de haber constatado que te lo frena el PSOE ya no lo sacabas o lo modulabas y nacía descafeinado. La clave está en que eso tiene una lógica administrativa que la gente no conoce y que le da igual. La gente necesita ver que tú te estás partiendo la cara por lo que ellos piensan. Si luego pierdes, pues oye, es el resultado de que hay una sociedad que ha votado en determinada dirección. Pero si la gente no ve que das la batalla se te desconecta con toda la razón del mundo. Muchas veces la gente dice que las grandes empresas tienen una gran capacidad de presión. A mí ninguna empresa me ha presionado, quien me ha frenado todos los proyectos ha sido el PSOE, normalmente por razones ideológicas. El PSOE te explica que nuestras propuestas son demasiado radicales, pero dentro del Consejo de Ministros, y eso no llega nunca a la sociedad. Si lo sacas fuera, que alguna vez lo hemos sacado, el PSOE se te enfada, y los medios hablan de una crisis de gobierno entre el PSOE y Unidas Podemos o entre el PSOE y Sumar. Al final lo importante es que la gente se tiene que identificar con tu proyecto. Si la gente lo que ve son ministros de la izquierda radical que parecen más tecnócratas que dirigentes políticos, entonces hay una desconexión muy legítima y muy natural. Hacen falta más peleas, más batallas, aunque las pierdas. Si tú presentas una política radical de vivienda y luego te la tumba el Congreso o el Tribunal Constitucional, la gente te lo valora igualmente. Para levantar la desafección de la izquierda sociológica de este país hace falta un poco más de punch.

¿Cuál es tu valoración de los recientes bombardeos de Israel y Estados Unidos contra Irán? ¿Cuáles crees que son las razones de fondo para llevar a cabo esta operación militar?

Creo que estamos en una fase todavía demasiado embrionaria para entender y descifrar los motivos últimos, que nunca son monocausales. Nunca hay un solo factor, ni siquiera lo hubo en la guerra de Irak o en Venezuela, aunque siempre hay un factor dominante como lo fue en esos casos caso el petróleo. Creo que este caso obedece más a una debilidad de Irán muy manifiesta, con las movilizaciones ciudadanas allí, que ha sido aprovechada tanto por Israel como por Estados Unidos. Israel ha atacado ya varias veces en los últimos años a Irán y yo creo que Estados Unidos sigue más la lógica de conceder lo que Israel pide. Hay una lógica más regional, que también puede mezclarse con el interés político de los presidentes respectivos de Estados Unidos y de Israel, ahora que vienen elecciones. Intentan jugar una apuesta segura, porque aunque todos sabemos que hay riesgos y nadie los puede negar, es obvio que Israel y Estados Unidos tienen una potencia muchísimo mayor que Irán y pueden hacer algo más quirúrgico que les sirva para reforzarse internamente. Creo que esos factores de naturaleza más política, más regional, por la preocupación principal de Israel, están ahí. Habrá que esperar a ver el desarrollo y si hubiera alguna otra razón que ahora mismo no aparece en primera línea.

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