Ahora que Amnistía Internacional ha publicado un informe en el que demuestra que Israel ha cometido y continúa cometiendo genocidio en Gaza, ahora que le reclama a la comunidad internacional que actúe para detener a los genocidas de una vez, podríamos pensar que estamos en un punto de inflexión. Las atrocidades de los asesinos sionistas llevan denunciándolas meses (años) organizaciones como Médicos sin Fronteras, organismos de la ONU como UNRWA, o periodistas testigos de las masacres. Los propios genocidas se graban cometiendo crímenes de guerra. Aunque no hayan sido, pues, los primeros en denunciar, podría parecer que la contundencia de Amnistía Internacional podría servir de algo, pero no. El genocidio no cesa, no se detiene ante nada, no respeta nada y pronto entrará en su segunda fase: tras la aniquilación de los palestinos, la ocupación de las tierras de las que han sido expulsados. Estamos ante un genocidio anunciado y retransmitido en directo y, al mismo tiempo, negado por quienes podrían detenerlo. Una vergüenza infinita.
El gobierno de los EE. UU. continúa facilitando armas al estado genocida de Israel. Se permite, además, amenazar a quienes no faciliten el paso a sus barcos cargados de armamento, como acaba de hacer con España. Es natural temer la llegada al poder de Trump, pero todo esto ha ocurrido y sigue ocurriendo con un gobierno “demócrata”.
Se supone que, si no somos psicópatas, los seres humanos sentimos el dolor de los demás. Es cierto también que esa empatía, o como quiera que la llamemos, puede resultar anestesiada por la sobreexposición a la información, aunque en este caso parece haber estado anestesiada desde el principio. No hay un solo día sin noticias atroces de los crímenes en Gaza y cada semana escribo para no olvidarme, aunque no sirva de nada. Me doy cuenta de que no he hecho nunca el más mínimo intento por entender las acciones del ejército de Israel. Sí tengo cuidado de no hablar de Israel en general, o de los israelíes, o de los judíos. Hablo de los sionistas, de los genocidas, sabiendo bien que hay israelíes y judíos dentro y fuera de Israel que condenan el genocidio, asumiendo riesgos y consecuencias. Al ejército de Israel no he intentado entenderlo porque su crueldad contra los palestinos está más allá de mi capacidad de comprensión.
En alguno de los libros de Edward O. Wilson leí que la vida mental consciente se basa íntegramente en la fabricación de recuerdos. Realizamos una revisión constante de los mismos y recurrimos a ellos para proyectar el futuro, para hacer planes, para tomar decisiones. Estos recuerdos son complejos, no sólo porque los manipulamos, inevitablemente, sino porque bajo esa etiqueta de “recuerdos” se engloban experiencias personales, pero también ajenas, lo vivido, lo escuchado, lo leído. Cuando nos toca soportar situaciones extremas e inesperadas sentimos una especie de parálisis, de sensación de abismo, precisamente porque carecemos de experiencia previa, al menos en primera persona, que nos sirva de guía, pero en la vida cotidiana de cada uno de nosotros, normalmente, ese cúmulo de “recuerdos” nos ayuda, aunque no seamos casi nunca plenamente conscientes de ello, a analizar las situaciones a las que nos enfrentamos y a decidir qué debemos hacer. Nos orientan sobre escenarios posibles.
Mi pregunta es, ¿qué hay en la mente de estas bestias, qué conciencia, qué recuerdos, qué experiencias cuando toman las decisiones que toman?, ¿qué escenarios alternativos consideran? Un médico trata de ayudar a un paciente, soldados israelíes se lo impiden y lo golpean a él y al enfermo. Una niña corre hacia una mujer herida (¿su madre?) y el ejército de Israel las asesina a las dos. Atacan con drones un hospital. Disparan a un niño en silla de ruedas. Cierran el paso a las ambulancias. Su última barbarie ha sido la de impedir a los masacrados palestinos el acceso a productos anestésicos cuando saben perfectamente que todos los días hay decenas de mutilados por sus bombardeos, muchos de ellos niños. Cuando toman estas decisiones, ¿qué alternativas pasan por su imaginación?, ¿de qué se están defendiendo?, ¿qué resultado, qué futuro posible ha activado su conciencia? Pero preguntarse por su conciencia es quizá pedir demasiado. Actúan como bestias de pesadilla, como zombies, como un ejército de células cancerígenas con las que sería absurdo querer razonar.
No sé lo que hay en sus mentes cuando disparan sobre una niña, no me interesa. Sólo deseo que el recuerdo del infierno que han creado no los abandone jamás. Entre tanto, las víctimas de estos infraseres son despedazadas y se enfrentan al dolor sin anestesia, esa que le sobra al corazón de Occidente.
































