La reconstrucción del patrimonio ovetense explicada a los defensores de la demolición de la Fábrica de Gas

Como Varsovia tras la Segunda Guerra Mundial, la capital asturiana también fue levantada de las ruinas respetando su pasado.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Si hay una ciudad en España que sabe de ruinas y reconstrucciones, esa es Oviedo. La capital asturiana vivió entre la Revolución de Octubre de 1934 y la Guerra Civil, casi tres años ininterrumpidos de desastres. El centro histórico quedó prácticamente destruido, y edificios hoy considerados intocables —y protegidos— ardieron, se derrumbaron o quedaron reducidos a escombros. Hoy, cuando el fondo inmobiliario Ginkgo y el arquitecto Patxi Mangado presionan para la demolición de la marquesina de la antigua Fábrica de Gas alegando su supuesto estado de ruina y la imposibilidad de reconstrucción, conviene mirar atrás y repasar cómo se levantó —literalmente— un paisaje urbano ovetense que damos por sentado.

El edificio histórico de la Universidad de Oviedo, el Teatro Campoamor, el Ayuntamiento o el antiguo Seminario, así como numerosos edificios residenciales fueron reconstruidos integralmente tras años en los que Oviedo entró a formar parte de un macabro circuito turístico de ruinas de guerra impulsado por el franquismo desde 1937 para dar a conocer la “barbarie roja” a fascistas de toda Europa.

Teatro Campoamor tras la Guerra Civil.
Destrucciones tras el 34.

En gran medida la destrucción y posterior reconstrucción ovetense anticipó la suerte que correrían otras muchas ciudades europeas como Varsovia, considerada quizá el ejemplo más perfecto y laborioso de restauración completa de una urbe tras la Segunda Guerra Mundial. No en todas las ciudades europeas se optó por la misma decisión. Algunas perdieron para siempre sus cascos históricos. Otras como Dresde en Alemania, objeto de un implacable bombardeo por los Aliados, han tratado ya en pleno siglo XXI de reconstruir parte de sus paisajes urbanos perdidos.

Reconstrucción de la torre de la Catedral.

Durante los años cuarenta y cincuenta, Oviedo fue objeto de una profunda reconstrucción urbana, siendo quizá el caso más emblemático el de la Catedral y especialmente la Cámara Santa y la torre gótica, ambas muy dañadas durante la Revolución y la Guerra.

El proceso de reconstrucción se extendería desde 1938 y 1953, con el arquitecto Luis Menéndez Pidal al mando de las obras. Pidal, un prestigioso profesional afecto al régimen, especialista en historia del arte, sería de hecho también el encargado de restaurar los monumentos prerrománicos, así como otras obras artísticas españolas dañadas durante la Guerra Civil.

Hoy paseamos por una ciudad que es, en gran medida, una reconstrucción. Lo es buena parte del casco histórico y del eje de Uría. La gran paradoja de la capital asturiana es que el desarrollismo económico de los años 60 y 70, así como otras decisiones tomadas ya en el periodo democrático, como el derribo de la Estación del Vasco, serían más lesivas e irreversibles que las destrucciones de 1934 y 1936 y 37.

Edificio del Casa Ramón.

Ya en épocas más recientes la ciudad demolió y reconstruyó la plaza del Fontán, en 1997, en una discutible operación urbanística, tolerada por la Consejería de Cultura, que permitió ganar edificabilidad a los promotores inmobiliarios. Solo el edificio del Casa Ramón está genuinamente restaurado.

La marquesina de la Fábrica de Gas no es una Catedral ni un teatro de ópera. Es patrimonio industrial, memoria del trabajo y de la industrialización ovetense. Negar ahora la posibilidad de reconstruir la marquesina de la Fábrica de Gas no es una cuestión técnica inevitable, tal y como han afirmado diferentes arquitectos, es una decisión económica. Y conviene decirlo con claridad.

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