El rey Sargón de Acad (ca. 2300 a.C.), después de arrasar incontables ciudades sumerias (Uruk, Ur, Lagash, Umma, …) llegó hasta el Golfo Pérsico y, sin más pueblos que someter, “lavó sus armas en el mar”, según cuenta una antigua inscripción. Sargón conquistó casi todo el territorio de lo que hoy es Irak y parte de Siria, y fue el artífice del primer imperio que conocemos. Se decía que sus campañas fueron brutales. No sabemos qué lo llevó a lavar sus armas al final de sus conquistas, pero no es un rito enteramente oscuro, podemos imaginar su simbolismo.
No imagino, en cambio, suficiente mar para lavar las armas del ejército de Israel, tampoco veo en un horizonte cercano un momento en el que un gesto simbólico, siquiera parecido a este, pudiera tener lugar. No parece tener fin la brutalidad colonialista de Israel contra Palestina, su desprecio por las leyes, su inmoralidad. Esta semana se ha publicado una investigación de Al Jazeera, recogida después en varios medios, según la cual unos 3.000 palestinos se habrían “evaporado” tras el uso, por parte de Israel, de armas térmicas y termobáricas. Conocidas como “bombas de vacío”, su empleo está, por supuesto, prohibido contra población civil. Generan temperaturas superiores a los 3.500 grados. A quienes no hayan leído esta información les ahorro la descripción de lo que sucede en los cuerpos de las víctimas de esta nueva barbarie sionista. Un nuevo crimen de guerra que, como los anteriores, no cambiará nada en la relación de nuestros gobiernos con Israel.

Nunca se conocerá el número de asesinados por el estado sionista en los territorios palestinos. Hay desaparecidos bajo los escombros, secuestrados, torturados y asesinados nunca devueltos, “evaporados” bajo estas bombas de vacío… Es imposible el recuento y, aun así, todavía hay quien niega que estamos asistiendo a una limpieza étnica.
La impunidad de Israel es infinita. La saña que muestra su ejército hacia los palestinos tiene una de sus manifestaciones más inhumanas en el maltrato que dispensan incluso a los cadáveres, la necroviolencia. Aunque los soldados israelíes llevan practicando necroviolencia contra Palestina desde los comienzos de esta segunda Nakba, no permitiendo la recuperación de los cadáveres atrapados tras los bombardeos y derrumbes de los edificios, o arrasando numerosos cementerios en la Franja de Gaza, cuando hace unos días se supo que las fuerzas israelíes habían destrozado con excavadoras parte del cementerio gazatí donde están las tumbas de guerra de decenas de soldados británicos, australianos y otros aliados muertos en la Primera y Segunda Guerra Mundial, creí que, al menos entonces, Europa pestañearía. Pero no. Un portavoz de las Fuerzas de Defensa de Israel dijo lo habitual, que el ejército arrasó el cementerio para acabar con “la infraestructura terrorista subterránea identificada dentro del cementerio y en sus alrededores”, algo que no se creen ni los familiares de los militares allí enterrados ni nadie, y que es la misma excusa que ofrecen cuando bombardean hospitales y colegios. Este cementerio era, al parecer, muy conocido y de un gran valor histórico y arqueológico. Pero nada importa si se trata de Israel.
“Se ha dicho muchas veces, pero habrá que seguir repitiéndolo, que el genocidio en Palestina lo está cambiando todo, y lo pagaremos muy caro”
En realidad, su necroviolencia contra Palestina viene de antes, tampoco comenzó el 7 de octubre del 2023. Todas recordamos a la periodista Shireen Abu Akleh, asesinada por el ejército de Israel en mayo del 2022 mientras informaba desde el campamento de refugiados de Yenín en Cisjordania. Durante su despedida, el cortejo fúnebre fue atacado por soldados israelíes y el ataúd estuvo a punto de caer al suelo. Nada de lo que hace Israel se le permitiría a ningún otro estado del mundo.
¿Qué armas puede lavar esta gente?, ¿qué manos?, ¿qué mar soportaría tanta inmundicia? El rastro de indecencia que está dejando el genocidio es insoportable. Afecta, además, como la carcoma, a toda la estructura legal y moral que debería sostener nuestra civilización. Se ha dicho muchas veces, pero habrá que seguir repitiéndolo, que el genocidio en Palestina lo está cambiando todo, y lo pagaremos muy caro. El hecho de que atrocidades como las que vemos a diario ocupen cada vez menos espacio en las noticias y no tengan consecuencias para los criminales que las cometen convierte el mundo en un lugar sucio e inseguro. No hay mar que lave las armas de Israel ni las manos de quienes se las facilitan, como no hay mar que lave las manos de los implicados en el infierno de Epstein. En una gran medida, parece que las garras de los monstruos de ambos infiernos son las mismas, pero no lo sé, ni puedo bajar a esas profundidades sin ahogarme.
































