Pensar y sacudirse los huevos. El punto 8 de Palantir.

Se puede sintetizar el manifiesto de Palantir con la imagen de un idiota sacudiéndose los huevos

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

Quizá le debamos algún reconocimiento a Luis Rubiales. Recordamos de él el piquito no solicitado a Jenni Hermoso, la maraña subsiguiente de presiones a la futbolista, la súplica de Rubiales por sus hijos, la capa cutre desplegada por el arzobispo de Oviedo por la leyenda de aquel beso y la explosión de Rubiales en aquella rueda de prensa para sintetizar el peor problema de España, el falso feminismo, cuando Luis de la Fuente se levantó como un resorte y aplaudió como se aplaude cuando uno dice, ahí, ahí. Pero el momento que merece reconocimiento, por lo sintético y actual, fue cuando marcó el gol Olga Carmona y él festejó el gol con aquel gesto de Anís del Mono y puticlub, cogiéndose los genitales y haciendo una efímera pero vigorosa sacudida vertical de su anatomía. No es un gesto meritorio, pero sí icónico. Leí los 22 puntos del manifiesto de Palantir escritos por Karp, director ejecutivo del tinglado de Thiel. Estos tecno magnates son tan ricos y se creen con tanto poder que no dudan en proclamar que ellos son los que legítimamente deben tener el poder político, de tan ricos y poderosos que son. Es una cuestión de cantidades: a partir de cierta cantidad de poder, el poder se hace legítimo, es el poderoso el que lo nota y su primera tarea es proclamarlo. Como decía aquel verso de Ángel González, «A partir de esta hora soy —silencio— / el Jefe, si queréis». No soy irónico, es lo que dicen. Ellos creen que tienen el espíritu de la sociedad y que no hay más sociedad ni debe haber más estado que sus algoritmos. Son idiotas, en sentido etimológico. Los idiotái del griego clásico eran los brutos simplones que no salían de sus cosas particulares. El idiotés se desentendía de los asuntos públicos, solo veía su terruño. Estos idiotas de Silicon Valley son peores, porque encima se meten en los asuntos públicos, pero desde su idiotez soberana. Quieren ser filósofos pero, como son idiotas, largan esa perorata de 22 puntos. Y así volvemos a Luis Rubiales. Se puede sintetizar el manifiesto con la imagen de un idiota sacudiéndose los huevos. Aquí mando yo, es decadente un sistema en el que se me pueda criticar, la sociedad debe tener un partido único, una raza única, una religión única y una familia única y debe basarse en la fuerza. Las democracias son débiles y fallidas. Lo dicho: un tío sacudiéndose los huevos.

Luis Rubiales

Sin embargo, me produce cierta simpatía el punto 8. Dice: «Los servidores públicos no tienen por qué ser nuestros sacerdotes. Cualquier empresa que remunerara a sus empleados como el gobierno federal remunera a los servidores públicos tendría dificultades para sobrevivir». Mi padre tuvo una enfermedad degenerativa a los 54 años. Cualquier empresa que gestionara su enfermedad como la gestionó la Seguridad Social iría a la ruina. Mi padre pagó cantidades mínimas por medicamentos muy caros durante bastantes años. Dejó de trabajar por incapacidad y siguió cobrando un salario (la pensión). Y la Seguridad Social no tuvo ningún beneficio de aquello, al contrario. Pasa también con el alumbrado público: se gasta luz para que la ciudad no esté a oscuras y al amanecer el ayuntamiento no ganó nada. No digamos todos los años de estudio que tuve, siempre a cargo de servidores públicos que cobraban para darnos clase, para que al final se cumpliera el principio que aquel ministro Wert, de grato recuerdo, enunció con esa gravedad con que los bobos quieren dar importancia a sus bobadas. Decía que quitaba becas y subía las matrículas de las universidades, porque, aquí llega el principio / bobada, está demostrado que realmente el beneficio solo revierte en quien recibe la ayuda. Si alguna vez tienes la pulsión de ayudar a una anciana que tropieza y se cae, no olvides el principio de Wert: será ella la beneficiaria de que la ayudes. ¿Por qué deberíamos montar una sociedad en que nos protejamos unos a otros, si siempre es el socorrido el beneficiario del socorro? Y el punto 8 dice una verdad indiscutible: cualquier empresa que se gestione como un estado, como un conjunto de personas que se organizan para protegerse y ejercer derechos, sería una ruina. La conclusión ya la sabíamos: el estado no es una empresa. Los idiotas, como tienen una empresa, creen que todo es empresa; recuerden que etimológicamente, el idiota no ve más que su terruño. Y no solo el estado no es una empresa. Es que una empresa no puede gestionar esos derechos y esos servicios. Es decir, privatizar los servicios que gestionan los servidores públicos, privatizar esa protección, esa asistencia y esos derechos que se gestionan en los servicios nos devuelve a la etimología: privatizar es un derivado de privar. Privatizar es privarnos de esa protección, asistencia y derechos gestionados por los servicios públicos.

La nación sin estado se reduce a ser ejército, cuerpos armados, ricos, cortesanos lameculos y población superviviente a granel”

En Europa y en España se dan versiones de esta perorata. Las derechas quieren nación, mucha nación, nación arrebatada, unidad de destino en lo universal. Pero sin estado. Hay nación, pero no estado, hay nación, pero no sociedad, como quería Margaret Thatcher. Alemania marca el camino con ese billón que se va a gastar para tener el ejército más poderoso de Europa (punto 15 del manifiesto idiota de Palantir). La nación sin impuestos ni servicios públicos, la nación sin derechos (recuerda, por favor: la ley que te reconoce el derecho a la salud no te curará las cataratas sin un costoso hospital cerca y unos servidores públicos que cobren un salario; los derechos cuestan y no existen sin un costoso estado; recuerda: quien me curó las cataratas no fue la ciencia ni la medicina, fue la política) la nación sin estado, decía, es solo coerción. Es solo un principio según el cual la discrepancia es traición. La nación sin estado es una identidad simbólica, o sea, simulada, para que te sientas bien creyendo que importas más que Mohamed y para que vuelques tu indignación es defender tu españolidad de videojuego atacada, mientras los ricos son más ricos y los servicios públicos que te protegen desaparecen. La nación sin estado se reduce a ser ejército, cuerpos armados, ricos, cortesanos lameculos y población superviviente a granel.

Peter Thiel.

Si te resulta confuso todo lo que oyes, espera a llegar a la parte de los impuestos. Ahí se aclarará todo lo demás. Quien quiera un estado costoso pagado con impuestos progresivos, como dice la Constitución después de la parte esa de que España es una monarquía, puede que esté de tu parte. Quien quiera bajar los impuestos, quiere bajar los impuestos de los ricos y quitarte el médico. Y dirá que eso es lo moderno y que no seamos antiguos. Enseguida dirán que el voto universal es antiguo y que debe ser censitario, como cuando solo votaban los varones ricos (están en ello). Ahí está Luis María Ansón contrastando a Sheinbaum con Ayuso como lo antiguo frente a lo moderno. Hernán Cortés y la Monarquía hereditaria son, dicen, la última audacia de la libertad. Nos creen idiotas, en el sentido actual de la palabra. Si todo lo demás es confuso, fijaros solo en los impuestos, ahí está el ADN de todo. Y fijaros en la relación del Estado con la empresa privada en las cosas sensibles. Xi Jinping dice que en China los empresarios deben ganar dinero, pero que allí no gobiernan, obedecen. Hay cosas que tienen que ser privadas. Cuando Felipe González expropió RUMASA el Estado quedó a cargo de la temporada primavera verano de bolsos Loewe. No tiene sentido. Otras tienen que ser públicas. Si hay hambre, la solución no puede ser abrir más restaurantes, la iniciativa privada no sirve para eso (ni para hacer universal la enseñanza o la sanidad). Pero hay sectores estratégicos, como la energía. Ahí suena bien lo de Xi Jinping. Que las empresas ganen dinero, pero ha de ser el Gobierno quien mande y no los CEO de emporios privados en sectores estratégicos nacionales. No vayamos a Xi, solo miremos a Italia. Enel es una multinacional, pero controlada por el Estado italiano. El 70% de Endesa es suyo. Como no somos comunistas, Aznar la privatizó. Y acabó siendo pública, pero de Italia. En algo tan sensible Italia prefirió parecerse a China.

En las próximas elecciones tendremos la sensación de caminos que se bifurcan. Habrá matices en dos actitudes básicas. La actitud de la onda europea que quede y que incluye pensar; y la de la onda que viene de EEUU de sacudirse los huevos.

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